Salitre y persianas: por qué en la ría se estropea antes lo que no se ve
En Vigo casi ninguna persiana se muere de vieja: se muere de sal. El aerosol marino entra por la boca de la ría, se deposita en el cajón y en las guías, y allí se queda meses atrayendo humedad del aire. Esta guía explica qué está pasando exactamente dentro de esa persiana que ha empezado a ir dura y por qué el daño va siempre por delante de lo que se ve desde el salón.

Lo esencial
- El aerosol marino son microgotas de agua de mar que el viento arranca del oleaje y transporta tierra adentro; en la ría de Vigo llegan sin problema a viviendas que no tienen vista al agua.
- Los cloruros que quedan tras evaporarse el agua son higroscópicos: captan humedad del aire y vuelven a formar una película salina conductora cada vez que la humedad relativa sube.
- Con la lluvia repartida a lo largo de casi todo el año y la humedad alta buena parte del tiempo, en Vigo esa película casi nunca llega a secarse del todo, y la corrosión trabaja de forma continua en lugar de a ratos.
- El contacto entre lama de aluminio y tornillería o soportes de acero forma un par galvánico: en presencia de sal, el aluminio actúa de ánodo y se pica alrededor del tornillo.
- Por eso falla antes el interior del cajón (soportes, eje, rodamientos, grapas y tornillería) que la lama, que es justo lo único que ves tú desde casa.
Qué es exactamente el aerosol marino y hasta dónde llega

Cuando una ola rompe, atrapa aire y lo libera en forma de burbujas que estallan en la superficie. Cada burbuja que revienta lanza al aire microgotas de agua de mar, muchas de ellas de pocas micras. Ese es el aerosol marino: no es niebla ni humedad genérica, es agua de mar pulverizada, con su carga completa de cloruro sódico y de cloruro magnésico, viajando en suspensión. El viento la transporta, la topografía la canaliza y la lluvia solo la retira parcialmente.
La ría de Vigo es un embudo casi perfecto para ese transporte. El viento dominante del suroeste en los meses fríos empuja el aerosol desde la boca de la ría hacia el interior, y en verano el régimen se invierte hacia el nordeste, de modo que a lo largo del año prácticamente ninguna orientación queda a resguardo permanente. Las Cíes frenan el oleaje, pero no el aire cargado que pasa por encima.
El error más habitual es pensar que esto solo afecta a quien tiene el mar delante. En el frente marítimo de Vigo —Bouzas, Alcabre, O Berbés— o en el de Moaña el depósito es evidente y se puede ver a simple vista en el marco de la ventana, pero en Coia, As Travesas o incluso O Calvario seguimos encontrando cloruros en el interior del cajón. La diferencia con la primera línea no es que no llegue: es la cantidad y, por tanto, la velocidad a la que ocurre todo lo demás.
El problema no es la sal: es que en la ría nunca acaba de secarse
La microgota de agua de mar que se posa en una guía se evapora en pocas horas y deja un residuo sólido de cloruros. Hasta ahí, poco daño. Lo que convierte ese residuo en un problema es una propiedad física concreta: los cloruros son higroscópicos, es decir, captan agua del aire. Por encima de determinada humedad relativa el depósito seco se rehidrata y vuelve a formar una película líquida salina sobre el metal. Cada sal tiene su umbral, y la mezcla del agua de mar, con polvo y restos orgánicos por medio, lo alcanza antes que el cloruro sódico puro.
Y aquí está la clave local. Vigo tiene un clima oceánico (Cfb) y, según los valores climatológicos normales de AEMET para la estación de Vigo Aeropuerto en el periodo 1981-2010, una precipitación media de 1.791 mm al año repartidos en 129 días con lluvia apreciable, es decir, con 1 mm o más. No es solo que llueva mucho: es que la humedad relativa se mantiene alta durante buena parte del año, incluidos los días sin lluvia. La consecuencia práctica es que la película salina del interior de un cajón de persiana pasa muy poco tiempo verdaderamente seca.
Esa diferencia lo explica casi todo. En un clima seco la corrosión avanza a tirones, con largos periodos de inactividad. Aquí trabaja de forma prácticamente continua, y además esa película líquida con sal disuelta es un electrolito excelente, o sea, el medio perfecto para que circule corriente entre dos metales distintos. Con lo cual pasamos del segundo problema al tercero.
El par galvánico: por qué el aluminio se pica justo donde hay un tornillo

Cuando dos metales diferentes se tocan y hay un electrolito entre medias, se forma una pila. Uno de los dos, el menos noble, hace de ánodo y se sacrifica; el otro, de cátodo, queda protegido. En una persiana convencional ese escenario está servido: lamas y perfilería de aluminio, y soportes, eje, grapas y tornillería de acero. En cuanto la película salina cierra el circuito, el aluminio es el que paga.
Por eso el patrón de daño es tan reconocible. La corrosión no aparece repartida por la lama: aparece en forma de picaduras alrededor del punto de contacto, en el taladro del tornillo, en el borde donde apoya el soporte, en la zona donde la grapa muerde el paño. Son puntos blancos que se hunden, crecen hacia dentro y acaban perforando. Y como el óxido de aluminio ocupa más volumen que el metal del que procede, el propio producto de la corrosión termina apretando y agarrotando lo que rodea.
El agravante es la relación de superficies: un tornillo pequeño de acero en contacto con una lama grande de aluminio concentra el ataque en una zona reducida y lo acelera. Por eso, en cualquier trabajo junto al mar, sustituir un tornillo oxidado por otro igual es garantizar la siguiente visita. La sustitución correcta pasa por acero inoxidable de la serie apropiada para ambiente marino y, cuando el diseño lo permite, por aislar el contacto entre los dos metales.
| Pieza | Material habitual | Cómo falla junto al mar | Sustitución razonable |
|---|---|---|---|
| Lama | Aluminio lacado o PVC | Picaduras donde el lacado está dañado; el PVC no se corroe pero se vuelve quebradizo con la radiación | Aluminio con lacado apto para ambiente marino |
| Tornillería | Acero zincado | Se oxida en meses y pica el aluminio a su alrededor | Inoxidable de serie apta para ambiente marino |
| Soportes del eje | Chapa de acero pintada | Óxido bajo la pintura, el soporte cede unos milímetros y desalinea el eje | Soporte inoxidable o galvanizado en caliente |
| Rodamientos | Acero con jaula plástica | Sal en el interior, engrase perdido, chirrido y agarrotamiento | Rodamiento estanco y engrase compatible |
| Cinta | Poliéster | Los cristales de sal actúan como abrasivo y la deshilachan desde dentro | Poliéster reforzado y limpieza periódica de la guía |
| Guías | Aluminio con fondo cerrado | Sal y arena compactadas en el fondo, roce y ruido seco | Misma guía, limpiada y desalada; sustitución si hay picado |
De la persiana falla primero justo lo que no se ve
Aquí está el punto que casi nadie espera. La lama es la pieza más visible, la más gruesa, la mejor protegida por su lacado y, además, la que la lluvia lava con cierta frecuencia. El interior del cajón es lo contrario: recibe el aerosol, no recibe lluvia que lo aclare y no está ventilado. La sal entra, se queda y trabaja tranquila durante años sobre piezas de acero de espesor pequeño.
El resultado es una secuencia bastante predecible que vemos repetida vivienda tras vivienda en la reparación de persianas. El síntoma que se percibe desde casa llega tarde, cuando el daño ya está hecho, y casi siempre se describe con la misma frase: va dura.
- Rodamientos y polea: pierden el engrase, entra sal, empieza el chirrido y el eje deja de girar libre. Es el primer aviso audible.
- Soportes del eje: se oxidan por detrás, ceden unos milímetros y desalinean el eje. La persiana empieza a rozar en una guía aunque la guía esté impecable.
- Tornillería: cabeza redondeada por el óxido, imposible de extraer sin taladrar. Convierte una sustitución sencilla en un trabajo de taladro, extracción y remate.
- Grapas del paño: el punto donde el paño se sujeta al eje es acero fino en contacto con aluminio. Cuando una grapa cede, la persiana se descuelga por un lado.
- Cinta: los cristales de sal que arrastra la guía la desgastan por abrasión desde el interior del tejido, no por la superficie.
- Motor, si lo hay: una mecánica que roza obliga al motor a forzar cada maniobra y acaba activando su protección térmica antes de tiempo.
No toda la ría corroe la persiana al mismo ritmo
La exposición no es una cuestión de metros hasta el agua, sino de metros, orientación y obstáculos. Una vivienda a doscientos metros del mar pero con la fachada de espaldas al suroeste y con edificios delante puede sufrir menos que otra a quinientos metros con la fachada limpia hacia la boca de la ría. La combinación de distancia, orientación y barrera es la que manda.
Con esa lógica, en el trabajo diario distinguimos tres franjas de exposición y dos casos que no encajan en ninguna. Sirven para decidir el intervalo de revisión y el nivel de material, no para asustar a nadie: en la franja más expuesta lo razonable es asumir que la persiana es un elemento de mantenimiento, igual que lo es la carpintería exterior.
- Exposición alta: frente marítimo abierto de Alcabre, Bouzas, O Berbés, Navia, la costa abierta de Cangas y el litoral de Baiona y Nigrán. Aerosol directo, viento sin barreras.
- Exposición media: primera línea de ría protegida y laderas orientadas al agua, como el frente de Moaña, Redondela, Vilaboa o Soutomaior. Menos sal, pero humedad alta y persistente.
- Exposición moderada: interior urbano y valles como Lavadores, Candeán, Bembrive, Mos, O Porriño o Ponteareas. El salitre pesa menos y manda la humedad y la condensación.
- Casos particulares: viviendas con galería acristalada, donde la sal entra menos pero el calor acumulado castiga el PVC y reseca los plásticos del mecanismo.
- Segunda residencia: aunque esté en zona moderada, meses sin usar la persiana pesan más que la propia exposición, como explicamos en persianas en segunda residencia.
Qué frena de verdad la corrosión de la persiana (y qué no sirve)

La sal no se combate con productos milagrosos: se combate retirándola. El gesto más eficaz es también el más aburrido: aclarar con agua dulce las guías y las partes accesibles un par de veces al año, mejor antes y después del invierno, y dejar que sequen. El agua dulce disuelve el cloruro y se lo lleva; cualquier otra cosa que se haga sin haber retirado la sal antes solo la deja atrapada debajo.
El segundo gesto es el engrase, y aquí hay un error muy extendido: la grasa espesa en las guías es contraproducente. Retiene polvo, arena y sal, forma una pasta abrasiva y empeora el rozamiento a los pocos meses. En la guía va lubricante seco o de silicona, en capa fina; la grasa queda para los rodamientos y los puntos de giro del eje, donde no hay arrastre de suciedad. Y ni aceite de cocina ni productos multiusos genéricos: ni lubrican bien ni resisten el lavado.
El tercero es de criterio, y es el que marca la diferencia a diez años vista: cuando algo se sustituya, que se sustituya por material apto para ambiente marino. Un soporte inoxidable no evita que llegue la sal, pero deja de alimentar el par galvánico que se está comiendo la lama. Si prefieres no llevar tú el calendario, esto es exactamente lo que cubre el mantenimiento antisalitre: desalado, engrase correcto y revisión del eje antes de que el síntoma aparezca.